Las rutas comerciales árabes hicieron de los aceites esenciales un ingrediente clave para el comercio internacional: importaban el bálsamo de Egipto, el azafrán y el sándalo de la India, el alcanfor de la China, traían el almizcle por el Himalaya desde el Tíbet…
En la Edad Media las cofradías de boticarios se habían establecido en el norte de Europa y a pesar de la prohibición de usarlos como perfumes, las especias y aceites esenciales importados de Oriente mejoraron la calidad de vida, al mismo tiempo que elevaron la tasa de supervivencia.
Durante la Peste Negra se quemaba incienso resinoso de pino, ciprés y cedro en las calles, en las habitaciones de enfermos y en los hospitales. Los perfumistas que proveían el incienso aparentemente fueron inmunes a la virulenta enfermedad, que aniquilo a un gran porcentaje de la población. Hoy día tenemos pruebas científicas de la acción antibacteriana de estos aceites como antisépticos naturales.
Durante el siglo XV, los aceites esenciales continuaron influyendo en la salud y felicidad de Europa. Algunos perfumistas no sólo creaban seductores aromas sino también mortíferos venenos. Catalina de Médicis, al casarse con el rey de Francia, llevó con ella a su perfumista para, en caso de necesidad, enviar algunos guantes envenenados a sus enemigos. Aparte de uno que otro complot maquiavélico, las esencias sirvieron a la buena causa de luchar contra las infecciones. Un medicamento favorito, «el vinagre cuatro ladrones», (una mezcla de ajenjo, romero, salvia, hierbabuena, lavanda, canela, clavo de olor, nuez moscada, ajo y alcanfor, macerada en vinagre rojo), se friccionaba por todo el cuerpo para mantener a raya la enfermedad.
Los conquistadores europeos descubrieron nuevas plantas medicinales durante la etapa de exploración. Los españoles quedaron boquiabiertos ante los jardines botánicos de Moctezuma, los cuales proveían a los médicos aztecas de materia prima para sus fórmulas medicinales.
En Norteamérica, los colonos blancos adoptaron muchas de las curas herbarias de los nativos. Los indios iroqueses, por ejemplo, bebían infusiones de pícea, muy rica en vitamina C, para prevenir el escorbuto.
Otras tribus usaban el sauce y la zarzaparrilla como medicinas; en 1708 aún se utilizaban estas sustancias para aliviar el dolor de las úlceras, las hemorroides y el cáncer.
Durante los siglos XVII y XVIII la media de muertes infantiles durante el parto era menor entre las mujeres indias que entre las europeas. Las indias bebían té de «cohosh» azul.
Se ha descubierto que éste contiene caulosaponina, la cual provoca fuertes contracciones uterinas, asegurando así un parto fácil. También usaban plantas como el jengibre silvestre, poderoso antibiótico, para protegerse durante el parto.
A mediados del siglo XIX comenzaron investigaciones científicas en Europa y Gran Bretaña para determinar el efecto de los aceites esenciales sobre las bacterias en los seres humanos.
Investigadores franceses, por ejemplo, comprobaron que la esencia de clavo ataca al bacilo de la tuberculosis, y que la esencia de tomillo en una solución al cinco por ciento puede vencer al tifus y otras bacterias en menos de diez minutos. Hoy en día muchas casas de cosméticos usan el timol, agente antibacteriano inofensivo para los tejidos.
Durante miles de años las plantas, en forma de aceites esenciales, ungüentos, inciensos e infusiones, sirvieron no sólo para proporcionar placer y bienestar sino también para combatir la enfermedad.
Cuando apareció la medicina moderna, sin embargo, la gente empezó a confiar
en la rápida acción de los antibióticos y otros productos farmacéuticos.
Aun cuando las «drogas milagrosas» han traído enormes beneficios,
su uso condujo al alejamiento del mundo de las plantas
y a la pérdida del beneficioso contacto con los sanadores,
sin mencionar el placer de tocarse y sanarse mutuamente.
Las sustancias sintéticas, que a menudo conllevan efectos secundarios alergénicos, reemplazaron a las naturales no sólo en los medicamentos sino también en los perfumes.

